Al pulsar el play en una película, al empezar una nueva serie o al adentrarme de lleno en una novela, siempre me ha gustado encontrarme de golpe con los “un año después…”. Me llamaban la atención y, a día de hoy, me siguen transmitiendo sentimientos difíciles de describir. Me recuerdan, en cierta manera, a esa pregunta que siempre nos hemos hecho -o nos han hecho- de pequeños y no tan pequeños: si pudieras mirar por una mirilla y ver tu futuro, ¿lo harías? Yo era de las que decía que sí. Sí a todo. Sí. Siempre que sí.
En narrativa, a esto se le llama elipsis temporal (time skip para los más modernos). Piénsalo. Qué curiosidad saber si, transcurrido un año (o dos, o tres…), tus garras seguirán acariciándome, tus caricias me seguirán arañando. Si seguiremos contándonos mutuamente los lunares, porque cada noche se descubre uno distinto. Si seguiremos contando las alegrías, al igual que las penas.
Si seguiremos mirándonos mutuamente hasta que la luz de la vela se apague. Porque para nosotros no hay tiempo, ni espacio, ni paciencia. Qué curiosidad saber si seguiremos sobornando al destino para que nos deje estar, al menos, un día más contemplándonos. Porque nunca hubo antes algo tan recíproco. Porque somos tú y yo. Apuesto por todo lo anterior, prescindiendo únicamente del “si”.


